—¿Para qué me traes aquí? —protesté una vez que estábamos en el pequeñísimo baño. Me dolía la rodilla y sentía que en cualquier momento me podía desmayar. Juro que en la sala de Rita vi a Adam parado, observándome con ojos de halcón y diciéndome que era peligroso para mí.
—¿Cómo que para qué? —habló Rita— ¡Estás embarazada! Ahora, la única solución que encontré en internet para desintoxicarte del alcohol es a la manera antigua: vomitándolo todo. Vamos a hacer un lavado estomacal. Más te vale que vomites hasta la última gota de lo que te bebiste.
—¿Qué? Rita yo no estoy… —no me dejó terminar y puso mi cabeza tan cerca del retrete que pensé que me iba a ahogar en el agua sucia.
—¡Vomita allí! ¡Vomita!
Y como si mi estómago estuviera oyendo la voz de su entrenador: vomité. Y vomité una segunda vez… y creo que una tercera. No estaba muy segura, dejé de contar después de la primera.
Asco. Asco. Asco.

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